Lady Nazca: Dos alemanas, un destino

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Hay personajes históricos que parecen demasiado grandes para ser interpretados por un actor. No porque sean perfectos, sino porque sus vidas contienen tantas contradicciones, tantos desafíos y tanta perseverancia que cualquier intento de representarlos corre el riesgo de quedarse corto. María Reiche es uno de esos personajes. Fue matemática, física, investigadora, educadora, divulgadora y, sobre todo, una mujer que decidió entregar prácticamente toda su existencia a unas líneas que durante siglos habían estado allí, esperando que alguien pudiera comprenderlas.

Lo curioso es que las Líneas de Nazca ya habían sido regaladas a los peruanos mucho antes de que María Reiche apareciera en escena. Las había creado una civilización extraordinariamente, capaz de observar el cielo y construir figuras cuya verdadera dimensión solo podía apreciarse desde las alturas. Pero nosotros recibimos aquel regalo y durante siglos no supimos qué hacer con ello. Las líneas estaban allí y nosotros, de alguna manera, las pasamos por encima.

Entonces apareció María Reiche.

Y aquí está, quizá, la manera más hermosa de entender su vida: los Nazca nos regalaron las líneas una primera vez y nosotros no supimos comprender el regalo. María Reiche las descubrió, las estudió, las protegió y consiguió que el mundo comprendiera su importancia. De alguna manera, volvió a regalárnoslas. Esta vez no solamente a los peruanos, sino a toda la humanidad.

Para conseguirlo necesitaba capacidades que no eran precisamente comunes. No bastaba con mirar. Había que saber observar. No bastaba con caminar sobre el desierto. Había que preguntarse por qué aquellas líneas estaban allí, qué relación tenían entre ellas, qué podían significar y qué clase de conocimiento había detrás de ellas. María Reiche tenía las herramientas matemáticas y científicas para formular esas preguntas, pero también tuvo algo quizá todavía más importante: la voluntad de perseguir las respuestas durante décadas.

Y aquí aparece una idea que me resulta particularmente fascinante. Un matemático puede enamorarse de una estructura que nadie más ve. Puede encontrar belleza en una relación abstracta, en una proporción, en una figura geométrica que no necesita existir como objeto físico para ser real dentro de su pensamiento. María Reiche encontró en Nazca algo parecido. Para ella, las líneas no eran simples trazos sobre la arena. Eran una estructura. Eran pensamiento convertido en territorio.

Por eso decir que María Reiche estudió las Líneas de Nazca resulta casi insuficiente. Las estudió, sí, pero también las interpretó, las midió, las recorrió, las defendió y las explicó. Se convirtió, en cierto modo, en su gran CURADORA y con un mayúsculo esfuerzo. Fue quien ayudó a rescatar aquella obra del abandono, quien consiguió que dejáramos de verla como un conjunto de dibujos misteriosos y empezáramos a reconocerla como una manifestación extraordinaria de una civilización.

Y para hacer todo eso tuvo que enfrentarse a prejuicios. Era mujer. Era extranjera. Era científica en una época en la que el espacio intelectual y profesional de las mujeres era mucho más estrecho que el actual. Y además estaba defendiendo algo que muchos no consideraban prioritario. Había quienes podían mirar el desierto y ver simplemente tierra disponible para cultivar, construir o atravesar. Ella veía patrimonio.

Hay algo todavía más impresionante: María Reiche no se limitó a utilizar la ciencia como una herramienta aislada. Comprendió que para acercarse a los Nazca necesitaba también entender su cultura. Las matemáticas podían ayudar a encontrar patrones, pero no podían explicar por sí solas a las personas que habían creado aquella obra. Había que mirar también su relación con el cielo, con el territorio, con la naturaleza y con su propia concepción del mundo.

Y entonces aparece uno de esos detalles que parecen pequeños hasta que uno comprende lo que significan:

Los Nueve Dedos de María Reiche.

En cualquier otra persona, nueve dedos serían simplemente una circunstancia física. En María Reiche adquieren una resonancia casi literaria porque muchas de las figuras de Nazca parecen remitir también a conjuntos de nueve elementos. La película convierte esa coincidencia en una especie de símbolo. La mujer y las líneas parecen establecer una complicidad secreta. Como si el destino hubiera decidido ponerle una pequeña marca para recordarle que aquella investigación ya no era una investigación cualquiera.

La palabra puede parecer exagerada, pero hay algo de inmolación en la vida de María Reiche. No en el sentido de una muerte buscada, sino en el de una persona que entrega una parte enorme de su existencia a una causa. Nazca dejó de ser simplemente aquello que investigaba. Terminó convirtiéndose en aquello alrededor de lo cual organizó su vida.

Y esa es precisamente la clase de personaje que una actriz tiene que enfrentar con mucho cuidado. Porque Devrim Lingnau no recibió el encargo de interpretar simplemente a una científica alemana que llegó al Perú. Tenía que interpretar a una mujer que había encontrado una misión y que había decidido no abandonarla.

Lingnau es alemana.

Y eso hace todavía más interesante su viaje hacia el personaje. Para interpretar a María Reiche tuvo que venir al Perú, alejarse de su propio entorno y recorrer los mismos paisajes en los que aquella mujer había construido su vida. Naturalmente, no podía reproducir las décadas que Reiche pasó en Nazca. Pero sí podía hacer algo esencial para una actriz: caminar por el territorio del personaje.

Hay una diferencia enorme entre leer sobre el desierto y estar frente al desierto. Entre estudiar una fotografía de Nazca y mirar el horizonte desde el mismo territorio que fascinó a María Reiche. Entre aprender que una mujer dedicó su vida a unas líneas y encontrarse físicamente con esas líneas. El rodaje le permitió hacer, en una escala mucho más breve, una parte del camino que había hecho la mujer que debía representar.

Lingnau no parece estar tratando de convertir a María Reiche en una superheroína. La interpreta desde la contención. Desde la mirada. Desde la obstinación. Desde esa mezcla de inteligencia y fragilidad que hace que el personaje resulte humano. La actriz entiende que no tiene que demostrar permanentemente que está interpretando a una mujer extraordinaria. Tiene que conseguir que nosotros lo descubramos.

Eso se puede apreciar especialmente en las escenas que quedaron como memorables. En la primera visión de las líneas aparece el descubrimiento. En la invasión de los agricultores aparece la amenaza. En el solsticio del 21 de junio aparece el asombro. En el Congreso aparece la capacidad de defender aquello que ama. Y en el vuelo sobre Nazca aparece finalmente la dimensión monumental de aquello que durante tanto tiempo intentó comprender.

Son cinco momentos y, al mismo tiempo, cinco rostros de María Reiche.

La primera mirada es la de la científica que encuentra una pregunta. La segunda es la de la mujer que comprende que aquello que ama puede desaparecer. La tercera es la de quien consigue establecer una conexión entre el cielo y la tierra. La cuarta es la de la defensora de un patrimonio que todavía no todos comprenden. Y la quinta es la de la mujer que finalmente puede contemplar desde el aire la inmensidad de aquello a lo que entregó su vida.

Eso explica también por qué Devrim Lingnau no podía limitarse a memorizar un guion. Tenía que encontrar una manera de habitar a María Reiche. Tenía que ponerse sus zapatos, caminar su desierto, mirar sus líneas y tratar de comprender por qué una mujer podía dedicar tantos años a algo que para otros parecía incomprensible. Y ese es el verdadero desafío de interpretar a una persona real: no imitarla, sino encontrar la razón profunda por la que vivió como vivió.

El director Damien Dorsaz tenía, además, una ventaja que no todos los directores de biopics tienen: llegó a conocer personalmente a María Reiche y la consideraba una mujer inspiradora. De modo que entre la persona real y la actriz existió un intermediario que había conocido de cerca aquello que hacía especial a la protagonista. Dorsaz no solamente tenía que contar la historia de Reiche; tenía que conseguir que Lingnau comprendiera por qué aquella mujer había dejado una huella tan profunda.

Y quizá por eso la interpretación funciona. Porque no parece interesada en convertir a María Reiche en un monumento. La convierte en una mujer. Una mujer inteligente, obstinada, vulnerable, perseverante y capaz de entregarse completamente a una idea. Una mujer que llegó desde Europa y terminó perteneciendo al Perú de una manera que pocos nacidos lejos de este territorio consiguieron.

Después de ver Lady Nazca, resulta difícil pensar que Devrim Lingnau haya atravesado este personaje como atraviesa cualquier otro trabajo. Hay papeles que un actor interpreta y luego deja atrás. Y hay personajes que se quedan viviendo dentro del actor durante un tiempo. María Reiche parece pertenecer a esa segunda categoría. Porque para interpretarla hubo que acercarse a una vida que no fue ordinaria y a una pasión que tampoco lo fue.

Por eso en Butaca71 le damos 9 puntos de 10, porque eso adquiere aquí un significado especial. No se trata únicamente de afirmar que Lady Nazca es una buena película. Un 9 significa que todavía quedan cosas por descubrir cuando volvamos a verla. Y una de esas cosas es precisamente Devrim Lingnau: una actriz que llegó al Perú para interpretar a María Reiche y terminó ayudándonos a mirar nuevamente a aquella mujer que, durante décadas, caminó por el desierto intentando descifrar un mensaje que llevaba siglos esperando ser escuchado.

Referencias

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