Hay mujeres que nacen en el siglo incompatible. Mujeres que llegan demasiado pronto a un mundo que todavía no está preparado para escucharlas. Y hay otras que, peor todavía, llegan a un mundo que sí las escucha, pero decide no hacerles caso. María Reiche y Marie Curie pertenecen a esa incómoda categoría de mujeres que tuvieron que demostrar varias veces que sabían de lo que hablaban. No les bastaba con ser inteligentes. No les bastaba con tener formación científica. Tenían que demostrarlo una y otra vez, como si el conocimiento necesitara permiso cuando quien lo posee es una mujer.

Por eso resulta tan interesante que hoy podamos acercarnos a ambas no solamente a través de sus biografías, sino también del cine. Radioactive, dirigida por Marjane Satrapi y protagonizada por Rosamund Pike, reconstruye la vida de Marie Curie, su relación con Pierre Curie y el descubrimiento de elementos que cambiarían la historia de la ciencia. La película no se limita a enumerar descubrimientos: intenta mostrarnos a una mujer brillante enfrentada a una sociedad científica que no estaba acostumbrada a concederle el lugar que merecía.

Y luego está Lady Nazca, la película de Damien Dorsaz inspirada en la vida de María Reiche. Nos lleva al Perú de los años treinta, cuando aquella joven matemática alemana que trabajaba como maestra en Lima termina llegando al desierto de Nazca y descubre unas líneas y figuras gigantescas que acabarán convirtiéndose en la obsesión, la investigación y finalmente la razón de ser de su vida. Es precisamente ese contexto —el desierto, el aislamiento, la incomprensión, la precariedad y la dimensión casi física de su trabajo— lo que permite entender mejor a Reiche.

Y aquí aparece algo que una biografía, por excelente que sea, difícilmente puede conseguir de la misma manera. Podemos leer durante horas que Marie Curie tuvo que luchar contra los prejuicios de su época. Podemos leer que María Reiche caminaba por el desierto, medía las líneas y defendía su importancia. Pero una película nos permite ver el mundo que las rodeaba. Podemos observar la habitación, el laboratorio, el paisaje, las personas que las miraban con desconfianza, las dificultades materiales, los silencios, los gestos. La biografía nos cuenta una vida; el cine nos permite entrar en su contexto. Y cuando entendemos el contexto, empezamos a comprender realmente el tamaño del sacrificio.

Las dos tenían algo que no se aprende en una universidad: una obstinación extraordinaria. Ambas estaban científicamente capacitadas. Curie había llegado a París para estudiar y terminó convirtiéndose en una de las científicas fundamentales de la historia. Reiche era matemática y tenía la formación necesaria para observar las Líneas de Nazca desde una perspectiva que combinaba medición, geometría e investigación. Pero la inteligencia no era el problema. El problema era el mundo. Un mundo que podía considerar que una mujer sabía demasiado, hablaba demasiado, pretendía demasiado o, sencillamente, estaba ocupando un lugar que no le correspondía.

Eso es lo que hace que las dos historias sean tan modernas. No fueron mujeres incapaces que consiguieron triunfar contra todo pronóstico. Fueron mujeres capaces a las que, durante demasiado tiempo, el mundo intentó convencer de que no lo eran. La diferencia parece pequeña, pero no lo es. Una cosa es vencer una dificultad. Otra muy distinta es tener que vencer una dificultad creada por los demás para demostrar que tienes derecho a hacer aquello para lo que estás perfectamente preparada.

Hay, además, una coincidencia histórica que me parece extraordinaria. Cuando Marie Curie desarrollaba su carrera científica y cuando María Reiche comenzaba a construir la suya, las mujeres todavía estaban conquistando derechos políticos básicos. En Alemania, el derecho de las mujeres a votar y ser elegidas quedó establecido en noviembre de 1918 y ellas participaron por primera vez en unas elecciones nacionales el 19 de enero de 1919. En Francia, el derecho llegó con la ordenanza del 21 de abril de 1944 y las francesas votaron por primera vez en 1945. En el Perú, la ciudadanía y el sufragio femenino fueron reconocidos mediante la Ley 12391, promulgada el 7 de septiembre de 1955, y las mujeres participaron por primera vez en elecciones generales en 1956.

Dicho de otra manera: mientras ellas estaban construyendo conocimiento, sus propios países estaban todavía discutiendo si las mujeres debían tener derecho a decidir quién las gobernaba. No es un detalle menor. Es el contexto. Y quizá sea justamente por eso que estas dos mujeres resultan tan fascinantes. Curie no esperó a que el mundo científico se volviera cómodo para convertirse en científica. Reiche no esperó a que el mundo académico reconociera la importancia de Nazca para empezar a estudiarla. Trabajaron primero. El reconocimiento llegó después, cuando ya no podían seguir siendo ignoradas.

Por eso vale la pena ver Radioactive y Lady Nazca. No solamente para conocer a Marie Curie y María Reiche, sino para comprender el mundo que tuvieron que atravesar. Son películas que permiten mirar detrás del nombre que terminó entrando en los libros de historia. Y quizá esa sea una de las mejores funciones del cine: devolverle humanidad a los personajes que, con el paso de los años, hemos convertido en estatuas, nombres de calles, fotografías escolares y fechas que memorizamos para un examen.

Una tercera María

Y entonces aparece una tercera María. María Rostworowski. Aquí la pregunta ya no es cinematográfica sino peruana. El Banco Central de Reserva decidió colocar su rostro en el billete de S/50 y la presenta como una de las principales historiadoras del siglo XX, investigadora del mundo andino y estudiosa del antiguo Perú. En el reverso aparecen, significativamente, el jaguar y la Puya Raimondi.

Entonces uno puede hacerse una pregunta perfectamente legítima: si María Rostworowski puede estar en un billete por haber dedicado su vida a investigar y explicar el antiguo Perú, ¿por qué María Reiche no podría estar también? No se trata de quitarle un billete a Rostworowski, ni de establecer una competencia absurda entre dos mujeres extraordinarias. Al contrario. Se trata de reconocer que ambas representan dos maneras distintas y complementarias de conocer nuestro pasado. Rostworowski estudió y reconstruyó la historia del mundo andino; Reiche dedicó décadas a investigar, proteger y hacer visible una de sus manifestaciones más extraordinarias.

María Reiche llegó al Perú siendo alemana y terminó convirtiéndose en una de las grandes guardianas de un patrimonio que pertenece al Perú y a la humanidad. El Estado peruano la reconoció en vida y después de su muerte. Pero quizá haya un reconocimiento que todavía falta: que su rostro pueda formar parte de nuestra moneda cotidiana. Porque hay homenajes que se colocan en una vitrina y otros que pasan de mano en mano. Y un billete es eso: un pequeño pedazo de memoria nacional que circula todos los días, incluso entre personas que jamás entrarían a un museo.

Por eso estas tres Marías pueden terminar diciendo mucho más de lo que parece. Marie Curie representa a la mujer que tuvo que conquistar un lugar en la ciencia. María Reiche representa a la mujer que convirtió una investigación en una misión de vida. Y María Rostworowski representa a la mujer que ayudó a reconstruir la memoria del Perú. Tres mujeres irrepetibles. Tres formas de conocimiento. Tres vidas que demuestran que una nación también se construye recordando a quienes se atrevieron a mirar donde los demás no miraban. Y si el cine consigue que volvamos a mirar a Reiche y a Curie con otros ojos, quizá el próximo paso sea pedir algo mucho más sencillo: que cuando tengamos un billete de S/50 en la mano y veamos a María Rostworowski, recordemos que hay otra María que también merece estar allí.

Referencias

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