Hay entrevistas que no son entrevistas. Son epifanías, revelaciones, momentos en que el mundo se detiene para que un ser humano —complejo, brillante, agitado como un meteorito encendido— se muestre en toda su gloria. Eso ocurrió el 10 de junio de 2001, cuando Inside the Actors Studio recibió a Robin Williams en su temporada 7. El programa, en su emisión oficial, duraba unos 45 minutos. Pero existe una versión extendida —que puede verse en Dailymotion— donde el volcán creativo de Williams se desborda sin límites ni corte comercial que pueda contenerlo.
Y ahí, en medio de ese Vendaval Williams, encontramos al otro protagonista silencioso: James Lipton, el entrevistador que jamás pretende robar el show. Su técnica tiene principios, casi mandamientos, que se aplican con religiosidad en esta conversación. Y verlos puestos a prueba frente a un comediante que parecía impulsado por doce motores turbofan es un espectáculo en sí mismo.
Déjeme contárselo.
1. Lipton no interroga: invoca
El primer principio del método Lipton es simple y, a la vez, sofisticado: las preguntas deben funcionar como llaves maestras. No buscan información; abren puertas.
Con Robin Williams, cualquier llave abría un universo entero. Lipton lanza una pregunta breve sobre su formación teatral y, de pronto, Williams está representando un Shakespeare dopado, un mimo anfetamínico, un taxista neoyorquino recién divorciado y un koala budista. Todo en 45 segundos.
Lipton no lo interrumpe. No lo encierra. No le dice “ya, siguiente”.
Lo deja ser.
Ese es el secreto.
2. El entrevistador no compite: acompaña
Cuando se entrevista a alguien tan brillante, tan rápido, tan desbordante, la tentación natural es intentar frenar, encauzar, corregir. Lipton no hace eso.
Lipton actúa como un director de orquesta que sabe que el solista está poseído por un demonio del talento y que lo mejor es no ponerse en su camino. Solo marca el compás, suavemente, para que la música no se desarme.
En la versión extendida del video, se ve cómo Lipton permite que Williams haga personajes, responda desde múltiples voces, improvise sketches completos. La entrevista se vuelve teatro. Entonces Lipton sonríe —esa sonrisa de quien descubre una veta de oro— y apenas inclina la cabeza para que la cámara capte la genialidad, no a él.

3. El silencio como herramienta espiritual
Otro principio: Lipton usa el silencio.
En televisión, el silencio aterra. Con Williams, el silencio era casi suicida. Pero Lipton lo emplea igual, como un monje zen que respira entre preguntas mientras el mundo tiembla.
Y funciona.
Porque Robin, que parecía incontenible, en esos segundos de pausa volvía a su centro, a su actor interior, al hombre que leía a Grotowski, que estudiaba máscara, que entendía la vulnerabilidad como una herramienta.
El público descubre entonces no solo al comediante, sino al artesano.

4. La pregunta perfecta: Lipton como Pirlo
Déjeme decirlo de manera futbolera, porque hay metáforas que uno ama repetir:
Lipton es como Andrea Pirlo.
No corre. No grita. No barre.
Pero tiene el pase que cambia el partido.
Hacia el final de la entrevista, cuando el torbellino Williams ya ha hecho desfilar a docenas de personajes, Lipton coloca una pregunta con efecto, curva, elegancia:
—“¿Cuál es el sonido que más te gustaría escuchar?”
Es el pase filtrado.
Es la pelota precisa entre dos defensas.
Y Williams, el delantero más impredecible que ha pasado por ese set, la recibe en pleno movimiento, controla con el alma y se sincera.
Habla del amor, de su familia, de sus miedos, de sus sombras.
Ese momento no se logra corriendo detrás del balón.
Se logra sabiendo cuándo soltarlo.

5. El entrevistado como protagonista absoluto
Este principio es el que define toda la filosofía de Inside the Actors Studio: Lipton no brilla porque no lo busca. Brilla porque ilumina.
Robin Williams, en esta conversación, se convierte en un prisma infinito. Cada respuesta es una refracción distinta de una mente irrepetible. Lipton, fiel a su estilo, se retira un milímetro hacia atrás para dejar que el invitado ocupe el plano, el espacio, el aire.
Y lo logra.
La entrevista es un monumento a Robin.
Lipton solo sostiene la estructura invisible.
Epílogo
Cuando terminamos de ver esta conversación —sobre todo en la versión ampliada— la sensación es clara: no vimos un programa de televisión. Vimos una obra en dos actos. Un duelo amoroso entre la quietud del entrevistador y la electricidad del entrevistado.
Lipton, como Pirlo, pone la pelota donde debe.
Robin, como un delantero inspirado, convierte cada pase en un gol imposible.

Así, el episodio 15 de la temporada 7 se vuelve una clase magistral: no sobre actuación, sino sobre cómo permitir que otro ser humano se revele sin estorbar su luz.
Y en televisión, créame, eso es casi un milagro.
