Uno cree, ingenuamente, que los vestidos en el cine sirven para cubrir el cuerpo. Error.
En Frankenstein, Guillermo del Toro viste a Elizabeth para despedirla. Y también —aunque aún no lo diga— para traerla de vuelta.
Cuando publicamos Los vestidos de Elizabeth, hablamos de colores, de velos, de rojos que sangran y verdes que fermentan. Todo eso sigue siendo cierto. Pero hay algo más perturbador que entonces apenas se insinuaba: Elizabeth no se cambia de ropa; se prepara.


Cada vestido es una fase. Un ensayo general. Un cuerpo puesto a prueba.
El negro con rojo no es solo luto, es advertencia. El verde profundo no es naturaleza, es laboratorio. El azul —ese azul cerúleo que parece moverse aunque esté quieto— no es romanticismo, es suspensión: la vida detenida como un insecto bajo cristal. Del Toro no viste a Elizabeth como mujer de época, la viste como materia narrativa.
Hay algo profundamente científico en estos vestidos. No en el sentido de la ciencia limpia, racional, sino en el de la obsesión: radiografías ocultas en los bocetos, estructuras que recuerdan huesos, pelvis, cajas torácicas. Elizabeth aparece envuelta en telas que parecen saber demasiado sobre el cuerpo que contienen. Como si la ropa ya hubiera visto lo que hay debajo.
Y luego están las joyas. Ah, las joyas.
No adornan: delimitan. Rodean el cuello como si midieran hasta dónde puede llegar la belleza sin escaparse. En el cine de Del Toro, la joya no es lujo, es pertenencia. Es el gesto sutil de quien ama, pero también de quien retiene.


El Art Nouveau —ese Tiffany que parece susurrar “obra de arte”— convierte a Elizabeth en vitrina. Curvas orgánicas, naturaleza estilizada, belleza frágil. No una mujer libre, sino una pieza preciosa. Y toda pieza preciosa, tarde o temprano, acaba en manos de alguien que cree tener derecho sobre ella.
Aquí es donde el vestuario deja de ser decorativo y se vuelve profético.
Porque uno empieza a preguntarse: ¿estos vestidos acompañan a Elizabeth… o la están entrenando?
Del Toro siempre ha filmado mujeres que cruzan la muerte sin pedir permiso. Crimson Peak, La forma del agua. Aquí, Elizabeth parece caminar hacia ese umbral vestida con exactitud quirúrgica. Cada color marca un estado del alma, sí, pero también una etapa de transformación. Del luto a la carne viva. Del cuerpo amado al cuerpo creado.
Tal vez por eso el vestido blanco —ese casi nupcial, casi fúnebre— resulta tan inquietante. No es boda, es pacto. Y el rojo final no es pasión: es encarnación. La vida regresando, no como milagro, sino como consecuencia.

Guillermo del Toro entiende algo que muchos cineastas olvidan: la tragedia también se viste. Y en Frankenstein, Elizabeth no muere mal vestida. Muere vestida para regresar.
Quizás la película termine sin mostrarlo. Quizás nunca lo confirme. Pero los vestidos ya lo dijeron todo.
Porque en este universo, el monstruo no necesita una novia.
Necesita un espejo.

Y Elizabeth ya está lista.
