Hay películas que empiezan cuando se apagan las luces de la sala y otras que empiezan mucho antes, cuando uno todavía está en su casa, mirando los avances, convencido de que ya sabe lo que va a encontrar. Con Digger, la nueva película de Tom Cruise dirigida por Alejandro González Iñárritu, ocurre algo curioso: la película empieza cuando vemos a la gata. No cuando aparece Tom Cruise, no cuando comienza la historia, ni cuando la pantalla se llena de imágenes extrañas. Empieza con ese animal que parece haber salido de una pesadilla de alguien que jamás ha tenido un gato.
La gata es blanca, inquietante, artificial. A simple vista, uno sospecha que no es un gata de verdad, sino una muñeca, una criatura armada para parecer viva sin conseguirlo del todo. Y después están sus movimientos, que no ayudan precisamente a tranquilizar al espectador. Hay algo incómodo en su presencia, algo que no termina de encajar. Uno lo mira y siente que está ante una anomalía. No es una gata que parece una gata. Es una gata que parece estar recordándonos que aquello que estamos a punto de ver no va a comportarse como esperamos.

No sabemos si Tom Cruise quiso advertirnos algo al mostrarlo en los avances. No tenemos pruebas de que la gata fuera concebido como una declaración de principios, como un mensaje secreto dirigido al público o como una contraseña para entrar en el universo de la película. Pero podemos interpretarlo así. Miramos a la gata y pensamos: bien, Tom, ya entendimos. Debemos prepáranos para lo que viene, porque aquí no vamos a encontrar lo de siempre. Va a llover para arriba.
Y eso hacemos. Vamos a ver Digger dispuestos a que las cosas sean raras. No nos sentamos en la butaca esperando que Tom Cruise salga corriendo, se suba a un avión, desafíe las leyes de la gravedad y termine salvando el mundo mientras la música nos indica que ha llegado el momento de emocionarnos. No esperamos que Alejandro González Iñárritu organice una sucesión de peripecias para que, después de varios sobresaltos, todo encaje en un desenlace reconfortante. Hemos visto a la gata. La gata nos ha preparado para la posibilidad de que nada de eso suceda.
Porque Tom Cruise tiene un problema extraordinario: durante tantos años ha hecho tan bien ciertas cosas que el público puede llegar a creer que está obligado a seguir haciéndolas. Su nombre despierta expectativas. Uno piensa en los aviones, las persecuciones, las acrobacias, las carreras desesperadas y ese hombre que parece dispuesto a arriesgar la vida para que nosotros pasemos dos horas entretenidos. No es una expectativa absurda. Es el resultado de una carrera extraordinaria y de una relación con el público que muy pocos actores han conseguido construir.
Pero hay una diferencia entre reconocer lo que un artista ha hecho y exigirle que lo repita eternamente. Si cada vez que Tom Cruise aparece en una pantalla esperamos que haga las mismas piruetas, ¿qué espacio le dejamos para explorar otras posibilidades? ¿En qué momento dejamos de mirar al actor para empezar a mirar únicamente la imagen que hemos construido de él? Quizá el éxito de una estrella tenga esa trampa: el público termina amándola por aquello que sabe hacer y, sin darse cuenta, empieza a desconfiar de ella cuando intenta hacer algo diferente.
Conviene recordar quién es Tom Cruise y lo que representa Top Gun: Maverick. Aquella película recaudó cerca de 1.500 millones de dólares en todo el mundo y se convirtió en uno de los grandes acontecimientos comerciales del cine reciente. Cruise no solamente protagonizó una película exitosa: también fue uno de sus productores y contribuyó a demostrar que el espectáculo cinematográfico todavía podía convocar a millones de personas en las salas. La industria tenía motivos para agradecerle, y el público también. Había conseguido que mucha gente volviera a entusiasmarse con el cine.
Sin embargo, el éxito de Top Gun: Maverick no constituye un contrato perpetuo entre Tom Cruise y los espectadores. No significa que deba volver a ponerse el uniforme de piloto cada vez que nosotros lo deseemos. Tampoco significa que toda película suya deba reproducir la fórmula que ya conocemos. Una estrella puede construir su prestigio repitiendo aquello que hace extraordinariamente bien, pero también puede decidir que ha llegado el momento de arriesgarse a decepcionar a quienes solamente quieren verla repetir sus mejores trucos.
Y entonces aparece Alejandro González Iñárritu, un director que tampoco parece especialmente interesado en hacer películas para que nadie se incomode. Estamos hablando de un cineasta que ha recibido los máximos reconocimientos de la industria y que ha construido una filmografía con una personalidad reconocible. Sus películas no suelen parecer productos fabricados para que el espectador pueda anticipar cómodamente cada movimiento. Iñárritu tiene una manera particular de acercarse a sus personajes, de organizar sus historias y de llevar sus propuestas a terrenos que no siempre resultan amables.
Una amiga nuestra, Casandra, suele decir cuando ve algo extraordinario: «Y ese no puede hacer algo del normalito». La expresión nos gusta porque contiene una verdad intuitiva: hay directores que parecen sentirse cómodos contando una historia de manera convencional, mientras que otros necesitan alterar el paisaje, incomodar al espectador o buscar una forma distinta de narrar. Eso no significa que todo lo que hagan sea maravilloso. Un director extraordinario también puede equivocarse, excederse o producir una película que no termine de funcionar. El talento no es una garantía de perfección, pero sí puede ser una razón para mirar con atención.
Así llegamos a Digger: un actor de enorme trayectoria y un director de identidad muy marcada que se encuentran para hacer una película que no necesariamente responde a lo que cada uno de sus nombres promete por separado. Y aquí aparece una posibilidad que nos interesa más que la discusión sobre si la película es buena o mala. ¿Qué ocurre cuando dos artistas que ya han demostrado de lo que son capaces y deciden hacer algo que no necesita parecerse a sus éxitos anteriores? ¿Qué ocurre cuando dejan de tener que demostrar que son los mejores en aquello por lo que el público los reconoce?
Tal vez puedan permitirse una libertad que otros no tienen. Tal vez puedan explorar, equivocarse, exagerar, divertirse o perseguir una idea sin detenerse a cada momento para preguntarse si el espectador estará satisfecho. Y quizá eso sea, precisamente, lo que debemos agradecerles: que dos profesionales de semejante trayectoria no necesitaran pedirle permiso a nadie para hacer lo que quisieron hacer. Fueron libres. No tenían que demostrarle nada a nadie, ni repetir una fórmula para satisfacer expectativas ajenas. Pudieron soltar todo lo que llevaban dentro, sin quedarse con nada en el tintero. No sabemos si eso fue exactamente lo que ocurrió durante la producción de Digger, y no conviene atribuirles intenciones que no han declarado. Pero la película permite plantear la pregunta: ¿qué sucede cuando el prestigio de sus autores deja de ser una promesa de comodidad y se convierte en una invitación a lo desconocido?
El espectador, mientras tanto, puede llegar con su propia película ya montada en la cabeza. Ha visto a Tom Cruise en los avances y espera una cosa. Sabe quién dirige y espera otra. Mezcla ambas expectativas y construye una tercera película, una que todavía no existe, pero que ya está esperando ver. Cuando la película real comienza a apartarse de ese guion imaginario, aparece la decepción. El espectador siente que algo falta, que algo no funciona, que el actor no está haciendo lo que debería hacer o que el director ha decidido complicar innecesariamente las cosas.
Hace años, una amiga de la universidad nos enseñó, sin proponérselo, algo sobre la manera en que juzgamos el cine. Cada vez que le preguntábamos si le había gustado una película, nos daba su opinión con bastante seguridad. Después de varias conversaciones descubrimos que, en realidad, parecía utilizar un solo patrón para evaluarlas: la comedia romántica. Si la película pertenecía a ese género, tenía muchas posibilidades de gustarle. Si era de cualquier otro, la cosa se complicaba. No necesitábamos que nos explicara su método; bastaba con escucharla varias veces para descubrirlo.
No había nada malo en que le gustaran las comedias románticas. El problema aparecía cuando el criterio con el que disfrutaba de ellas se convertía en la medida para juzgar cualquier otra película. Era como pedirle a una película de terror que nos enamorara, a un drama que nos hiciera reír o a una sátira que terminara tranquilizándonos. Cada género propone una experiencia diferente, y cada película tiene sus propias ambiciones. Podemos discutir si las cumple o no, pero antes conviene averiguar qué estaba intentando hacer. De lo contrario, corremos el riesgo de condenarla por no habernos ofrecido algo que nunca prometió.
No estamos diciendo que el público que rechazó Digger se haya equivocado necesariamente. Una película puede ser extraña y estar mal hecha; puede ser ambiciosa y aburrida; puede tener buenas interpretaciones y no conseguir que su historia funcione. Entender las intenciones de un director no nos obliga a admirar sus resultados. Pero existe una diferencia entre decir «esta película no me gusta» y decir «esta película no vale nada». La primera frase describe una experiencia personal. La segunda pretende convertir esa experiencia en un veredicto sobre la obra.

A nosotros, para ser honestos, Digger no nos gustó. No vamos a fingir entusiasmo para demostrar que comprendimos su propuesta ni a inventarnos una emoción que no sentimos. Sin embargo, reconocemos que contiene elementos valiosos, que hay decisiones y contenidos que merecen una mirada más detenida y que la película puede ofrecernos cosas que todavía no hemos terminado de examinar. Por eso queremos volver a verla, varias veces si hace falta. No para obligarnos a que nos guste, sino porque no necesitamos disfrutar de una película para reconocer que todavía tenemos algo que aprender de ella.
¿Y por qué volver a verla? Porque detrás de ella están dos profesionales cuya trayectoria merece atención. No porque los premios los vuelvan infalibles, ni porque una película dirigida por Iñárritu y protagonizada por Cruise tenga que ser automáticamente una obra maestra. Volvemos porque sospechamos que hay decisiones que todavía no hemos comprendido del todo, detalles que pueden adquirir otro sentido cuando conozcamos mejor el conjunto y posibilidades que una primera experiencia no nos permitió apreciar. Lo más probable es que, ante semejantes titanes del cine, todavía no hayamos conseguido descifrar algunas escenas. Y volveremos a ellas, una y otra vez, para decodificarlas. La segunda visión no tiene por qué cambiar nuestra opinión. Puede, sencillamente, volverla más precisa.
Al final, regresamos a la gata. A ese animal que parecía una muñeca, que se movía de una manera inquietante y que, por lo menos para nosotros, alteró la manera de entrar en la película. Quizá fue una casualidad que lo interpretáramos como una advertencia. Quizá los realizadores nunca pretendieron que cumpliera esa función. Pero la gata consiguió algo: nos hizo sospechar que no debíamos exigirle a Digger que fuera la película que esperábamos de Tom Cruise. Y esa sospecha nos permitió mirar lo que teníamos delante sin pasarnos toda la función reclamando las piruetas que no habían venido a ofrecernos.
Tal vez esa sea una de las lecciones que podemos extraer de esta experiencia. El cine no tiene la obligación de gustarnos siempre, y nosotros tampoco tenemos la obligación de declarar que una película es buena porque sus autores sean extraordinarios. Pero podemos concederle algo más que un veredicto inmediato. Podemos intentar comprenderla, reconocer sus aciertos, discutir sus errores y regresar a ella cuando sospechamos que todavía guarda algo. Volveremos a ver Digger. No porque nos haya gustado, sino precisamente porque no nos gustó y, aun así, creemos que merece otra oportunidad. Y porque aquella gata, sin decir una palabra, nos había avisado de que quizá no íbamos a encontrar lo que estábamos acostumbrados a encontrar.
