Hay películas que cumplen años y otras que, además de cumplirlos, nos obligan a revisar nuestra propia manera de entender la vida. Rocky cumple cincuenta años y sigue siendo una de esas películas que uno puede volver a ver sin necesidad de fingir que descubre el cine por primera vez. Ya conocemos la historia, sabemos cómo termina, conocemos la música y hasta podemos anticipar cuándo Rocky empezará a subir las escaleras. Pero hay algo que merece una segunda mirada: la historia del hombre que creó a Rocky y la manera en que consiguió transformar sus propias dificultades en una de las sagas más reconocibles del cine.
Para eso también tenemos I Play Rocky, una película que recupera la historia de Stallone y que podemos entender como una celebración de todo lo que Rocky llegó a representar. Porque no estamos hablando solamente de una película de boxeo. Estamos hablando de un personaje que nació de una historia personal, creció, regresó una y otra vez a las pantallas y terminó convirtiéndose en parte de la cultura popular. Stallone no solamente nos cuenta cómo nació Rocky : nos invita a mirar el recorrido de una historia que terminó siendo mucho más grande que aquella primera pelea.
Hay un detalle de I Play Rocky que permite entender esa conexión entre la vida y la ficción: el perro de Stallone, que también terminó formando parte de Rocky. Butkus no es simplemente un animal incorporado para darle ternura a la película. Es una presencia que acompaña al personaje en sus momentos de soledad y que aporta una dimensión afectiva a un hombre al que solemos recordar por sus puños. La vida personal de Stallone encontró así un lugar dentro de la ficción. Y ese pequeño detalle nos recuerda que, en ocasiones, los elementos más auténticos de una película vienen de experiencias que su creador conoce de primera mano.
Pero hay algo todavía más interesante en la historia de Stallone: tomó parte de sus problemas personales y los convirtió en material dramático. Sus dificultades, sus frustraciones, el rechazo y la sensación de no encontrar un lugar en la industria podían quedarse como recuerdos desagradables de una etapa difícil. Sin embargo, encontró otra posibilidad: utilizarlos para construir una historia. Eso tiene mucho de inteligencia creativa. No se trata de celebrar las desgracias ni de decir que sufrir es necesario para hacer buen cine. Se trata de reconocer que hay personas capaces de mirar aquello que les sucede y encontrarle una utilidad que antes no tenía.
Siempre nos ha gustado aquella frase: «Si del cielo te llueven limones, haz limonada». Aunque nosotros, los peruanos, podemos darle una versión mucho más interesante: «Si del cielo te llueven limones, prepara un rico ceviche». Y Stallone hizo algo parecido. La vida le puso delante una colección de limones que no parecían precisamente una invitación a celebrar. Él encontró la manera de utilizarlos. No hizo desaparecer sus dificultades; las transformó en una historia. Y esa historia terminó llegando a millones de personas. Hay que reconocerle el mérito: no cualquiera sabe preparar un buen ceviche, y mucho menos una película que cincuenta años después sigue dando conversación.
De allí nace otra reflexión. Siempre tendremos problemas. Siempre. Los problemas nos alcanzan, vienen, se nos cuelan en la vida y, si los miramos solamente de esa manera, terminan pareciendo un castigo divino. Como si alguien hubiera decidido que nos toca cargar con ellos. Pero hay una diferencia que puede cambiarlo todo: escoger cuáles de esos problemas merecen nuestra atención y dejar de mirarlos como problemas para empezar a verlos como retos. Un problema parece una condena; un reto, en cambio, es una invitación. Nos provoca, nos exige pensar, buscar alternativas y encontrar la manera de superarlo. Esa diferencia, que parece tan sencilla, puede ser el inicio de la solución.
Y aquí aparece Rocky. Porque si algo podemos aprender de su historia es que no basta con mirar nuestras propias desventajas. Cuando eres el pequeño y te enfrentas al grande, tienes que hacer algo más: ponerte en los zapatos del grande. Preguntarte qué tiene por ganar, qué tiene por perder y qué significa realmente para él aquello que está ocurriendo. La oportunidad puede aparecer justamente allí, en una zona que no habías considerado porque estabas demasiado ocupado contando tus propias limitaciones.
Apollo Creed cree haber encontrado una excelente operación publicitaria. Su rival es un desconocido, tiene un apodo atractivo y puede ayudarlo a vender una pelea. Pero comete un error: está convencido de que Rocky nunca se tomará el combate en serio. No conoce realmente al hombre que tiene enfrente ni imagina que aquella oportunidad puede convertirse en algo mucho más importante para él. Mientras Apollo se ocupa de su imagen y sus negocios, Rocky empieza a prepararse. Su colaborador advierte lo que está ocurriendo: Rocky cree que aquello es un combate, no un espectáculo. El campeón tiene todas las ventajas, pero no ha sabido leer a su adversario.
Rocky tampoco llega a esa conclusión de un día para otro. Al principio acepta la pelea principalmente por el dinero. Pero, a medida que entrena y comprende lo que tiene delante, empieza a descubrir que puede conseguir algo que antes no tenía: la posibilidad de demostrar hasta dónde puede llegar. Mickey, su antiguo entrenador, le recuerda que había desperdiciado sus condiciones; Adrian y Paulie forman parte de ese entorno afectivo que acompaña su transformación. Rocky no recorre el camino completamente solo. La oportunidad es suya, pero encuentra en quienes lo rodean parte del respaldo que necesita para asumirla.
Por eso, cuando Stallone ha señalado que Rocky es una película sobre la resistencia, creo que hay algo que podemos agregar. No se trata de resistir por resistir, como si aguantar golpes fuera una virtud suficiente. La resistencia tiene sentido después de evaluar la situación, comprender qué está en juego y reconocer dónde puede estar la oportunidad. Rocky no se lanza simplemente porque sea testarudo. Ha ido descubriendo qué puede ganar, qué puede perder y qué tiene Apollo por perder. Después de ese análisis, si lo que corresponde es resistir, entonces resiste. La resistencia es la consecuencia de una decisión, no el sustituto de pensar.
La visita de Rocky al cuadrilátero la noche anterior al combate es una de las escenas que mejor explican esa diferencia. No cree que vaya a ganar. No necesita engañarse ni imaginar que de pronto es superior al campeón. Quiere llegar hasta el final, aguantar todos los asaltos y demostrar que puede mantenerse de pie frente a Apollo Creed. Incluso si pierde, habrá conseguido algo que antes parecía imposible. Su victoria no depende exclusivamente de llevarse el título. Depende de cumplir aquello que se ha propuesto. Es una manera particular de entender el triunfo y, quizá por eso, una de las razones por las que seguimos recordando la película.
Su tremenda música
Y qué sería de Rocky sin «Gonna Fly Now», la música de Bill Conti. Hay canciones que acompañan una película y otras que terminan formando parte de nuestra memoria colectiva. Esta pertenece a la segunda categoría. Suena durante el entrenamiento, crece junto con el personaje y convierte una sucesión de ejercicios en una experiencia emocional. Uno puede no saber absolutamente nada de boxeo, pero entiende lo que está ocurriendo. Rocky está avanzando. No sabemos si va a ganar, pero sabemos que ya no es el mismo hombre que recibió aquella oportunidad sin comprenderla del todo.
La saga tendría después otro himno de enorme impacto: «Eye of the Tiger», de Survivor, en Rocky III. Es importante no confundirlas. «Gonna Fly Now» pertenece a la primera película y acompaña el nacimiento de aquella posibilidad; «Eye of the Tiger» aparece en otro momento de la trayectoria del personaje y se convierte en una canción inseparable de la identidad de la saga. Dos temas diferentes, dos etapas distintas y una misma capacidad para salir de la pantalla. Quizá pocas franquicias cinematográficas hayan conseguido que sus canciones funcionen como una especie de llamada a la acción para personas que ni siquiera practican deporte.
Sus contemporáneas
También conviene recordar el año en que apareció Rocky . En la ceremonia del Óscar de 1977, correspondiente a las películas estrenadas en 1976, compartió la nominación a Mejor Película con All the President’s Men, Network, Taxi Driver y Bound for Glory. No necesitamos enfrentarlas para entender lo que cada una aportaba. Una convertía la investigación periodística en suspense; otra anticipaba con una sátira feroz el poder del espectáculo televisivo; otra construía un retrato inquietante de la alienación urbana; y otra recuperaba la memoria de la Gran Depresión a través de la música y la vida de Woody Guthrie. Cada una tenía una mirada propia sobre su tiempo.
Pero Rocky hablaba de una idea particularmente arraigada en la cultura estadounidense: el sueño americano. La posibilidad de que alguien que no parece tener ninguna ventaja encuentre una oportunidad y se atreva a perseguirla. No necesariamente convertirse en millonario, no necesariamente alcanzar la gloria, ni siquiera ganar. Simplemente tener la posibilidad de intentarlo. Y esto es importante porque la película no promete que el esfuerzo siempre será recompensado con una victoria. Rocky no tiene asegurado el campeonato. Lo que tiene es una oportunidad y la decisión de no desperdiciarla. En un año de películas que abordaban el poder, las instituciones, la sociedad y la memoria, Rocky puso en el centro a un hombre que quería demostrar que todavía podía llegar más lejos.
Estados Unidos atravesaba entonces un momento histórico complejo: las heridas de los asesinatos de John F. Kennedy, Robert Kennedy y Martin Luther King seguían presentes; Vietnam había terminado; Watergate había erosionado la confianza en las instituciones; y el país celebraba su bicentenario mientras elegía a Jimmy Carter como presidente. No necesitamos convertir a Rocky en una respuesta política a todos esos acontecimientos. Sería atribuirle una intención que no podemos demostrar. Pero sí podemos reconocer que su historia encontró resonancia en una sociedad que tenía motivos para preguntarse qué significaba todavía creer en las oportunidades. Y allí estaba aquel boxeador de Filadelfia, dispuesto a subir al cuadrilátero sin tener garantizado absolutamente nada.
Hora del almuerzo
Cincuenta años después, I Play Rocky nos permite volver a mirar todo ese recorrido. Ya no vemos solamente a un boxeador que intenta llegar hasta el último asalto. Vemos también al hombre que convirtió sus propias dificultades en una historia, al creador que encontró material dramático en su vida y al personaje que aprendió a mirar la oportunidad desde la posición de su adversario. La saga creció, cambió y encontró nuevas formas de contar la historia de Rocky. Pero su punto de partida sigue siendo aquella idea sencilla: no siempre puedes elegir los problemas que llegan a tu vida, pero puedes decidir qué hacer con algunos de ellos.
Quizá por eso, después de medio siglo, todavía vale la pena volver a Rocky . No porque la vida sea una película y todos terminemos subiendo unas escaleras con música triunfal de fondo. Ojalá fuera tan sencillo. La vida seguirá arrojándonos limones, algunos bastante difíciles de aprovechar. Pero podemos intentar mirarlos de otra manera. Si del cielo te llueven limones, prepara ceviche. Primero reconoce qué tienes delante, después evalúa qué puedes hacer con ello y, si encuentras una oportunidad, lánzate. Porque un problema puede parecer una condena, pero cuando consigues convertirlo en un reto, deja de ser solamente algo que te ocurre y empieza a ser algo que puedes enfrentar. Y si para eso hay que resistir, pues resiste.
