Hay algo profundamente conmovedor en la tragedia del Coyote. No porque sea un animal hambriento, ni porque durante décadas haya fracasado miserablemente en su intento de comerse al Correcaminos, sino porque nadie parece haberle explicado que quizá estaba persiguiendo la cosa equivocada. El Coyote creía que quería atrapar un ave. Tal vez, sin saberlo, llevaba años persiguiendo su propia libertad.
Porque el Correcaminos siempre fue extraño. No habla. No explica nada. No tiene una psicología visible. Aparece, corre, hace “bip-bip” y desaparece. El Coyote, en cambio, sufre, calcula, compra, diseña, conspira, se endeuda y finalmente explota. Si uno mira con cierta malicia aquella serie de dibujos animados, empieza a sospechar que el protagonista nunca fue el Correcaminos. El protagonista siempre fue el Coyote que quería escapar de su destino.
El Correcaminos podría ser, incluso, un actor pasivo. O un coprotagonista que jamás aceptó el papel. O peor todavía: un extra en su propia serie. Porque todo lo que ocurre está organizado alrededor de su persecución, pero él casi nunca hace nada. No necesita hacerlo. Su simple existencia provoca el desastre. Es como esos personajes secundarios que no necesitan hablar porque los demás se destruyen tratando de alcanzarlos.
Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿qué representa realmente el Correcaminos? Quizá es el objeto del deseo. El tesoro que el pirata busca durante toda su vida. La puerta que el preso mira desde su celda. La libertad que está ahí, al alcance de los ojos, pero nunca al alcance de las manos. El Coyote no necesita necesariamente comérselo. Necesita demostrar que puede alcanzarlo. Y esa diferencia lo cambia todo.
Por eso resulta tan interesante que Coyote vs. Acme cambie las reglas del juego. Esta vez el Coyote no intenta atrapar al Correcaminos utilizando otra bomba, otro cohete, otra catapulta o alguna nueva maravilla de la compañía Acme que inevitablemente terminará explotándole en la cara. Esta vez tiene una idea aparentemente audaz: demandar a Acme.

El Coyote descubre algo extraordinario: existe un tribunal. Y si existe un tribunal, existe una sala. Y si existe una sala, existen testigos. Y si existe un testigo, quizá el Correcaminos finalmente tenga que quedarse quieto. Es una idea casi genial. Después de tantos años intentando detener al ave con la física, la química y la ingeniería, el Coyote descubre el derecho.
Y aquí está la gran trampa de la película. La demanda judicial no es solamente una demanda contra Acme. Es la nueva trampa para capturar al Correcaminos. El Coyote ha entendido, por fin, que no puede vencer al ave en el desierto, en la carretera ni en la velocidad. Pero quizá pueda vencerlo en un tribunal. Lo cita al único lugar donde su presa tendrá que hacer aquello que jamás hizo durante décadas: detenerse.
Es una ironía deliciosa. Para atrapar al Correcaminos, el Coyote necesita que el sistema lo atrape primero. Necesita convertir al ave en ciudadano, testigo, sujeto jurídico. Necesita que el animal de la carretera ingrese en una sala donde haya jueces, abogados, preguntas y respuestas. El Coyote ya no quiere una trampa Acme. Quiere una trampa institucional.
Y entonces la película empieza a parecerse a Modern Times. No porque el Coyote sea Charlie Chaplin ni porque el mundo sea exactamente el mismo, sino porque detrás de la persecución aparece una criatura enfrentada a una maquinaria mucho más grande que ella. Chaplin luchaba contra la máquina industrial. El Coyote lleva décadas luchando contra una maquinaria que parece haber sido diseñada específicamente para hacerlo fracasar, y que luego se comprobó.

Pero también aparece Enemy Mine. Allí, el enemigo termina siendo otra cosa cuando los protagonistas dejan de mirarse como enemigos. Algo parecido ocurre aquí. ¿Qué pasaría si el Coyote descubriera que el Correcaminos nunca fue su enemigo, su presa? ¿Qué pasaría si la guerra hubiera existido solamente porque uno de los dos necesitaba que existiera?

Y entonces aparece The Truman Show, quizá la comparación más venenosa de todas. Truman descubre que su mundo ha sido construido alrededor de él. El Coyote podría estar descubriendo algo todavía más absurdo: que su vida entera ha sido organizada alrededor de una persecución. Cada fracaso, cada explosión, cada caída y cada nueva tentativa forman parte de una existencia cuyo sentido parece ser continuar persiguiendo aquello que nunca podrá alcanzar.

Pero Coyote vs. Acme introduce una pequeña revolución cuando el propio Correcaminos parece comprenderlo. El ave sabe algo que el Coyote todavía no sabe: que el Coyote no tiene ninguna posibilidad real de atraparlo. Y, precisamente por eso, deja de verlo como un enemigo. Lo empieza a ver como un compañero de aventura. Incluso como un amigo.
Esto modifica retrospectivamente toda la serie. Porque si el Correcaminos nunca necesitó escapar por miedo, entonces quizá nunca estuvo huyendo de verdad. Quizá simplemente estaba participando en el juego. El Coyote corría detrás de él creyendo que perseguía una presa. El Correcaminos corría delante de él sabiendo que estaba acompañado.
Y hay algo casi triste en esa revelación. El Coyote pasó media vida comprando productos Acme para alcanzar a alguien que quizá nunca quiso escapar. Gastó su inteligencia, su dinero, su tiempo y probablemente buena parte de su dignidad en una cacería que la supuesta presa ni siquiera consideraba una persecución. Mientras uno llevaba mapas y planos, el otro llevaba solamente velocidad.
Por eso el verdadero enemigo del Coyote quizá nunca fue el Correcaminos. Tampoco necesariamente Acme. El verdadero enemigo podría ser esa necesidad desesperada de convertir el deseo en posesión. Querer atraparlo. Querer detenerlo. Querer tener aquello que, justamente porque corre libre, resulta deseable. El Coyote no perseguía solamente un ave. Perseguía una idea.
Y quizá ahí está la pequeña crueldad, y también la pequeña belleza, de esta historia. El día en que el Coyote descubre que el Correcaminos lo considera un compañero, y hasta un amigo, podría ser también el día en que deja de necesitar atraparlo. Tal vez la victoria no consiste finalmente en ponerle las manos encima, sino en comprender que durante décadas estuvo corriendo detrás de alguien que, en el fondo, nunca quiso dejarlo atrás.
